Nunca he estado muy de acuerdo con eso de que al empezar el año la gente se convierta en lo que siempre ha querido ser, que de repente todo el mundo sea optimista y quiera cumplir sus metas.
No me gusta que en enero todo sea tan perfecto, me parece falso y poco realista.
Sin embargo, este año sí que ha empezado con bastante buen pie.
La comida está dejando de convertirse en el problema alrededor del cual gira mi vida para ser algo con lo que vivo, aprendo y disfruto.
Creo que 2015 es el año en el que Lucía va a dejar los malos hábitos, los excesos y los defectos, para empezar a aprender a vivir y a ser un poquito más feliz.
Por lo pronto estoy en 65, desde hace un par de meses he podido perder entre 3 y 4 kilos.
No he dejado de comer, y ya apenas vomito (aunque me encantaría decir nunca). Estoy comiendo bien, todas las comidas, de forma saludable, sin pasarme y sin saltarme ninguna.
Me he dado cuenta de que disfruto mucho más siendo esa chica que nunca se pasa comiendo, a la que le encantan la fruta y la verdura, que mira qué bien come, y que entrena dos o tres veces por semana, que esa chica que tiene unas costumbres muy raras con la comida.
Quiero ser ese tipo de persona saludable, de buen comer, activa y de buen humor que la gente mira y envidia, ese yo tan deseado que todos queremos ser cada enero.
Y lo mejor de todo es que me he dado cuenta de que quiero ser esa persona, justo en el momento en que me he dado cuenta de que me estaba convirtiendo en ella.